Camino sin renuncia
Por: Raúl Martes González.
Ante los ojos insomnes de unos, los envilecidos de otros, permanecía la desesperante realidad política, económica y social desde 1902, cuando Cuba fue camuflada de República. Para los cubanos era imprescindible un cambio hacia el beneficio popular, coincidente con su estilo y punto de vista, pero nada tuvo que ver el concebido por Fulgencio Batista Zaldívar el 10 de marzo de 1952.
El pueblo vio el amanecer de aquel día con la noticia de que el general por conjetura y no por méritos militares decidió, a cuenta de su improvisación ajena a los intereses nacionales, sustituir del poder al presidente constitucional Carlos Prío Socarrás e instalarse en el Palacio de gobierno, mediante un golpe de Estado con el apoyo del ejército y la policía.
Con ironía inaudita Batista llamó revolución a la estocada que afiló en la oscuridad contra la Constitución de 1940, como si cambiar un presidente y poner otro, sin el más mínimo apego a la legalidad, puede ser considerado una transformación radical de las retrógradas y malmiradas estructuras del poder político.
Un nuevo período dio inicio en la historia de Cuba desde el 10 de Marzo, que en lo adelante sería cruento, hasta minimizarse en el pensamiento de los gobernantes la importancia de la vida humana. Así ocurrió en tiempos del dictador Gerardo Machado a principios de 1930, también, como el señor Fulgencio, agente de Estados Unidos.
Para nadie es un secreto el papel del gobierno estadounidense en el golpe militar de Batista, imaginado con el fin de contrarrestar el creciente desarrollo de movimientos de liberación nacional, en América Latina, durante los años cincuenta del siglo pasado.
Hay que ir a la historia: el 13 de julio de 1953 toma el poder, en Colombia, el general Rojas Pinillas; el 2 de diciembre se produce el cuartelazo del general Pérez Jiménez, en Venezuela; el 10 de mayo de 1954 Stroessner da el golpe militar, en Paraguay; el 3 de julio de ese mismo año el coronel Castillo Armas asume el gobierno, en Guatemala; y el 16 de septiembre de 1955 es derrocado Perón por intentar desafiar la política imperialista.
La nueva autoridad erigida a fuerza de las armas, que esa misma mañana dirigió contra una masa compacta de la juventud en protesta encendida, en La Habana, reflejó forma bruta de dirigir el destino de una nación y ninguna confianza en el respeto de los derechos más elementales, en la Isla.
Otra vez los cuarteles volvieron a ser centros permanentes de tortura y muerte. Otra vez a las familias llegó el dolor por la desaparición de uno o varios de sus seres queridos. En archivos existen las noticias y fotos sobre crueldades repetidas de torturadores, asesinos y sus víctimas. Es que para los dictadores nadie tiene derecho de revelarse y si lo hace paga con la vida.
Pero como no hay presidente malo que dure tanto tiempo en el poder ni pueblo que lo resista, el cubano tomó las armas en defensa propia y subió a las lomas. En ellas y en los llanos inició ese salto al porvenir que da una revolución verdadera a favor del bienestar de toda la nación.
El triunfo del Gran Enero cerró esa página negra que significó el 10 de marzo de 1952 en la historia de Cuba y abrió una de paz y libertad para siempre, porque ahora los ojos solamente son insomnes ante una nueva realidad política, económica, social y cultural transformada con trabajo honrado.
Hacer para bien colectivo, he ahí lo hermoso y difícil; porque es experiencia nueva de quienes participan, pero este es el camino sin renuncia escogido por el pueblo cubano para compartir con sus hermanos de América.
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