De la sociedad, su célula fundamental
Por: Raúl Martes González.
El individuo decide ser parte de una organización, un club, grupo, colectivo. Cualquiera, tiene posibilidades de afiliarse por atrevimiento propio y coincidencia en principios, valores y normas. Puede determinar mantener relaciones o por el contrario, romperlas cuando posee criterios divergentes.
Pero su integración a la familia es cosa distinta, no tiene nada que ver con la voluntariedad y, aunque piense diferente, nunca sabrá ubicarla entre lo ajeno, lo desconocido, porque se es madre, padre, hijo, hermano de sangre semejante, hasta que el tiempo pone fin a la existencia.
Ella es un grupo especial, único, entre todos, al que ya se le reconoce como “célula fundamental de la sociedad”, en palabras de Carlos Marx. En tanto elemento activo, porta el seno que da flor a la vida humana y escuela nueva de sus miembros. Aquí está el argumento para haber escogido el 15 de Mayo, su Día Mundial.
En el municipio viven hoy más de treinta mil familias, quienes acogen la celebración en medio de un escenario, en el que pasan por derecho y voluntad de una forma inferior a otra superior, a medida que ganan accesos al protagonismo del trabajo socialmente útil dirigido a reproducir su existencia y el resto de la vida material, y satisfacer necesidades colectivas.
Los aptos van a los talleres con responsabilidades de obrero, dirigente, campesino, estudiante o soldado, para cumplir estas y otras encomiendas de la sociedad, en ejercicio mutuo y continuo de influencias objetivas.
Hay en su libre acometimiento, también, búsquedas persistentes hacia escuelas nuevas donde enraíce la moderna formación, que permite al ser social conocer de sí mismo y del otro ser, a la vez que trabaja por el mejoramiento humano.
En la cultura, se hacen estos hallazgos. Por ejemplo, el niño aprende un conjunto básico de valores, percepciones, preferencias y conductas, a través de otro proceso, pero este de socialización, que reflejará durante la adultez, en el que intervienen unidas a la familia otras instituciones claves, como el Ministerio de Educación con sus círculos infantiles, colegios primarios y el Programa Educa a tu Hijo.
El comportamiento de una persona es en gran parte un proceso de aprendizaje, desde que los humanos vivieron la época de salvajismo, caracterizada por la apropiación de productos que la naturaleza daba hechos y las producciones artificiales del hombre, destinadas, sobre todo, a facilitar esa requisa.
En la que conocemos por época de la civilización, el hombre sigue aprendiendo a elaborar los productos, pero ya en el período del enorme desarrollo científico e industrial, que jamás imaginaron las sociedades antiguas. ¡Que bueno sería ver ese resultado en beneficio de la familia en los confines de la Tierra!
A ojos vistas, una buena parte de ese progreso toma los caminos peligrosos de la guerra, del saqueo y sometimiento, que llenan de miserias e inseguridad a la población mundial, al lado de constantes efectos destructores de la naturaleza. Lo primero se puede erradicar porque depende de la conciencia.
En su obra “La Sociedad antigua”, Leiws H. Morgan escribió, en 1884, que la disolución de la sociedad se yergue amenazadora ante nosotros como el término de una carrera histórica cuya única meta es la riqueza, porque semejante carrera encierra los elementos de su propia ruina.
Falta que no sea cierta la previsión de Morgan, para que la familia permanezca como célula fundamental de la sociedad.
|