La caída y el ascenso
Por: Julián Puig Hernández.
Baconao, brioso e imponente, siguió su instinto guerrero y emprendió el atronador paso entre la hueste, empujado al embiste por las bridas del Apóstol cubano.
El fuego de fusilería, salido de un escaso matorral, fue el último sonido perceptible con fuerza, luego quedaron los retumbantes cascos, profundos, como los latidos de un corazón que amaina su galope.
Baconao siguió con fuerza sobre el encendido campo de batalla, la mirada pura de Martí se perdió en el cielo y el cuerpo se desplomó. El caballo, sofocado e incontrolable, daba giros dispersos hasta apagarse en la espesura.
Sobre la hierba caliente, en Dos Ríos, aquel 19 de mayo de 1895, quedó su cuerpo inerte, pero andaría eternamente, sin proponérselo, el alma pura hasta nuestros tiempos y los que vendrán.
A la patria dejó su mejor tributo, la vida, pero sus esfuerzos estuvieron signados por la espiritualidad sin descanso a favor de la independencia, fervor que no ha dejado de iluminar la senda por donde han seguido los grandes.
Así como Bucéfalo llevó sobre su lomo al rey de Macedonia, Alejandro Magno; Wagran, a Napoleón Bonaparte; Palomo, a Simón Bolívar; y Panchita, yegua fuerte y valiente, a Antonio Maceo, Baconao, nombre aborigen y digno, fue el fiero corcel que, sin miedo, inmortalizó a José Martí en el instante memorable y triste de su caída hace más de un siglo.
Llevaba, el sin par hidalgo consigo, el sonido de la campana de La Demajagua, el aldabonazo primero, el llamado al combate, ese refugio donde se supera al dolor y libera el alma, el espacio donde truecan las leyes físicas y asciende la caída, el fértil sitio de lo sempiterno.
Dejó sobre el suelo patrio, no el cuerpo, sino el ejemplo, la evidencia de su desprecio al miedo, la semilla impoluta, el paradigma que emerge cuando se cree en la nobleza del alma, la fe en el porvenir, el amor más puro.
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