Los nobles muros de un muelle llamado Penélope (+Galería)

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Entre la bahía y el muelle puertopadrense hay una relación de amor y espera que se dilata en el tiempo.

Los avatares de la construcción del muelle en la bahía de Puerto Padre son tan antiguos y tortuosos como su misma edificación.

El espigón servía para trasladar el azúcar moscabado en carretas de bueyes y dos bocoyes de madera desde el primer ingenio, erigido en terrenos de la hacienda Santa Bárbara de Biriviví, en San Manuel, a unos siete kilómetros del Puerto Padre actual.

El historiador de la ciudad Ernesto Carralero Bosch declara que en 1860 las goletas entraban hasta media milla del entonces embarcadero de Maniabón y de ahí, en un lanchón, se trasladaba el azúcar y la mercancía hasta el almacén.

Esta dificultad duraría hasta que en 1889 los dueños del Central de San Manuel, José Pla y Monje y doña Manuela, decidieran construir un muelle que facilitara el tráfico de la naciente industria azucarera, el que posteriormente  asumió otros servicios similares.

Según el semanario Sábado la principal mano de obra del “trapichito” como se le llamó en sus inicios, provino de África. También fueron contratados chinos por diez años, para ellos se construyeron dos barracones en el batey de San Manuel.

A partir del puerto en Cayo Juan Claro y de su pedraplén, construido en 1910 por el ingeniero Mario García Menocal, los centrales Chaparra y Delicias, tuvieron mejores condiciones para exportar su producto hacia el mercado del norte.

Esto trajo como consecuencia el descuido en el mantenimiento del viejo espigón, que desde la década del cuarenta mostraba su calamitoso estado.

El deterioro del muelle fue un reclamo público en el periódico Sábado del 30 de septiembre de 1950 y el tono del capsular era definitorio:

que lo que el pueblo quiere es que se reconstruya el muelle lo antes posible o que francamente la Compañía diga que no, aunque en ello vaya la primera promesa incumplida del señor Hick.

El 4 de febrero de ese año se publica en primera plana un artículo que ofrecía informe del abandono, los trámites y obstáculos por los que transitaba la gestión.

El Club Todo por Puerto Padre incluyó en sus primeras gestiones el interés por el muelle. Contactaron con el Señor Wood, representante de la Compañía en el término, quien pretextó un asunto de documentación, porque, pese a su interés, el expediente promovido por él desde el 7 de octubre de 1941 estaba a la espera de ser aprobado.

Luego de diversos trámites, los miembros del club hicieron llegar la documentación al ingeniero encargado para que este dictara resolución en febrero de 1947 y que el Ministro de entonces aprobara finalmente su reparación el  4 de febrero del año siguiente.

Tras nueve años de sueños engavetados no se supo qué ocurrió con el susodicho expediente.

Parece que desde aquellos tiempos una sombra sobrevive en torno a este muelle que se extiende y contrae como un resorte por similares razones. Hoy sigue siendo un reclamo de los puertopadrenses.

El muelle más acá

Fue en la etapa revolucionaria que el muelle puertopadrense, según el historiador de Puerto Padre, tuvo su mayor esplendor. De allí partían los barcos hacia las playas, las familias disfrutaban un recorrido por la hermosa bahía durante dos horas o hasta su otro destino que eran las playas del litoral.

El muelle era el corazón latiente de la bahía; el sitio en el que mi padre alguna vez intentó enseñarme a pescar y donde tantos adolescentes se lanzaban a darse de vez en cuando un chapuzón, mientras sus aguas menos contaminadas lo permitían.

Mientras extendía su brazo de hormigón poco más de sesenta metros al interior de las aguas, era territorio de enamorados,  pescadores, aficionados a la fotografía, escritores o gente que, aturdida del ruido citadino, se sentaba a contemplar la línea verde del manglar.

Así fue hasta que en su creciente deterioro la furia de los vientos del Ike lo desapareció del paisaje urbano.

Desde entonces se espera su reconstrucción en un territorio que se anuncia como un posible destino turístico de Las Tunas y pese a existir voluntad estatal, diversos obstáculos de documentación y logística no permiten su concreción.

El ingeniero Luis Enrique Arias, director provincial transporte explicó en 2017 a Radio Libertad  por medio de la periodista Leidiedis Gómez Hidalgo que poseían cemento, áridos y acero para la fabricación de los pilotes, acción que demoraría, según metodología, cerca de 90 días para anclarlos en el mar.

Lea aquí: Aporte de la contribución territorial se invierte en ejecución del muelle de Puerto Padre

Se declaró que la obra requería veinte pilotes, pero en agosto pasado Zulema Rodríguez Peña, inversionista de la Dirección de Transporte en Puerto Padre, informó la fundición de los primeros seis. La cifra de los apoyos creció a  115.

Si hasta la fecha solo se han fundido doce sin las pruebas técnicas requeridas, la obra avanza con paso de estrella de mar, cuestión que no promete un inicio visible y definitivo.

El  grupo de ingeniería y diseño CREVER de Puerto Padre, determinó en su proyecto una estructura de 100 metros de largo y 6 de ancho, con madera encima para lograr mejor adecuación y atractivo.

Pese a la prometida cercanía de esta reconstrucción, difundida varias veces, y con presupuesto inicial de un valor próximo a los dos millones de pesos, el primer cuarto de millón asignado, según declaraciones de Alexander Torres Pérez, director Municipal de transporte en el territorio, no se ha ejecutado en su totalidad.

El funcionario reconoció la falta de equipamiento de la brigada del MICONS para realizar al menos la plataforma inicial. También se refirió a la no confirmación de brigadas especializadas para anclar los pilotes en el mar.

Otras obras de interés económico como el parque eólico en La Herradura 2, ocupan a la brigada del MICONS sin que se realice más que una simple labor de recogida de escombros.

Con los doscientos cincuenta mil pesos se adquieren los principales recursos, pero la obra sigue siendo una deuda con los puertopadrenses, aunque se revise cada viernes como parte del proyecto Identidad y Desarrollo.

El infortunio dura sobre el muelle villazulino, anclado y corroído en su fijeza. El muelle tiene historias de azúcar y de sal que ojalá no se disuelvan en sus aguas.

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