Radiografía de un puertopadrense (+Fotos)

Rincones de mi ciudad

Un puertopadrense en lo más alto de la Avenida Libertad devora con los ojos el mar a lo lejos; no con el asombro del que acaba de conocer esta tierra, sino con la alegría de quien se sabe de ella. Disfruta el viento en el rostro, se molesta por la sombrilla o el cabello rebeldes, y aspira el aire salobre, confiando en su naturaleza sanadora.

Un puertopadrense mira la foto de una playa paradisíaca y le asaltan mil recuerdos de un verano en La Boca o La Llanita, aunque esté a cientos de kilómetros de este mar. Y así tiene certeza de que nunca besaron más hermoso las olas a la arena que éste lugar.

Pero también le entristece contemplar el Hotel Plaza, el estadio y el «bache» que se adueñó de una calle entera, porque añora una ciudad renovada. Entonces le invade la ilusión por las tablas que hoy se aventuran en dirección al mar para un día poder decir: ¡volvemos a tener muelle!

El puertopadrense conoce el sentimiento gratificante de hallar a un coterráneo lejos, el orgullo desenmascarado detrás de un «yo soy de Puerto Padre» y la paz de andar el malecón mientras atardece.

Sabe de la nostalgia convertida en dicha al regresar después de una semana de clases o de meses de trabajo, y advertir el tiempo detenido en la casa de la infancia, el patio de los abuelos, la escuela donde aprendió a leer o el amigo que quedó para siempre en la lista de imprescindibles.

Ser puertopadrense es más que la simple condición de un gentilicio o de una dirección, es un acto individual y colectivo con muchas más consecuencias de las que se puedan contar, pero con una sola condición: amar a esta villa de molinos y quijotes.

Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez
Foto: Cynthia Avello Rodríguez

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