Fidel hace 60 años: ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!

Fidel por siempre

Discurso pronunciado por Fidel Castro, resumiendo los actos del Día Internacional del Trabajo, 1ro de mayo de 1961.

Distinguidos visitantes de América Latina y de todo el mundo; Combatientes de las Fuerzas Armadas del pueblo;

Trabajadores:

Llevamos catorce horas y media de desfile. Creo que solo un pueblo invadido de tan infinito entusiasmo es capaz de soportar semejantes pruebas.

De todas formas, voy a tratar de ser breve dentro de lo posible. Nosotros nos alegramos mucho de esa disposición del pueblo.

Creo que en el día de hoy debemos trazarnos pautas a seguir, analizar un poco lo que hemos hecho hasta hoy, en qué punto del proceso de nuestra historia nos encontramos y qué tenemos por delante. Todos hemos podido presenciar lo que por aquí ha desfilado, y tal vez nosotros, que estamos en esta tribuna, lo podamos apreciar mejor que ustedes que están en la plaza, tal vez mejor aun que los que han desfilado.

Y este 1ro de Mayo dice ya mucho, dice mucho de lo que ha sido hasta aquí la Revolución, dice mucho de lo que ha logrado hasta hoy la Revolución, y quizás no nos diga tanto a nosotros mismos como a nuestros visitantes. Nosotros hemos sido testigos, todos los cubanos, de cada uno de los pasos de la Revolución, y quizás no alcancemos a darnos cuenta tan, cabal de lo que hemos avanzado, como lo pueden comprender quienes nos visitan; sobre todo, los que nos visitan procedentes de América Latina, donde ellos viven todavía hoy un mundo muy parecido al que nosotros vivíamos ayer.

Y es como si se transportaran de todo aquel pasado que nosotros conocemos demasiado bien y se situaran de repente en este presente de nuestra Revolución, con todo lo que tiene de nuevo y lo que tiene de extraordinario con respecto al pasado. No nos corresponde a nosotros, ni es lo que intentamos esta noche, resaltar el mérito de lo que hayamos hecho; simplemente queremos situarnos en el punto en que nos encontramos en este momento. Hoy hemos podido contemplar lo que ya es fruto genuino de esta Revolución.

En este 1º de Mayo, tan distinto de aquellos primeros de mayo, tan distinto sobre todo porque antes aquella fecha era la ocasión en que cada sector obrero expresaba sus demandas, sus ansias de mejoramiento frente a quienes eran sordos por completo a los intereses de su clase, frente a los que no podían ni siquiera responder ni acceder a ninguna de aquellas demandas fundamentales, porque no gobernaban para el pueblo, no gobernaban para los obreros, no gobernaban para los campesinos, no gobernaban para los sectores humildes del país; gobernaban solo para los privilegiados, gobernaban solo para los intereses económicos dominantes.

Y como para hacer algo en favor del pueblo, para hacer algo en favor de los campesinos y de los obreros, había que lesionar de algún modo a aquellos intereses que realmente ellos representaban, de ninguna forma podían acceder en lo fundamental a ninguna justa demanda del pueblo. Y aquellos desfiles eran un día de expresión de la queja y de la protesta de los trabajadores.

Sin embargo, qué distinto ha sido este desfile de hoy, qué distinto incluso a los primeros desfiles después del triunfo de la Revolución, y cómo este desfile de hoy nos muestra todo lo que hemos adelantado. Ya los obreros no tienen que someterse a aquellas pruebas, ya los obreros no tienen que implorar a los oídos sordos de los gobernantes, ya los obreros no están sometidos al dominio de ninguna clase explotadora, ya los obreros no tienen al frente del país un gobierno al servicio de los intereses de los que explotaban a su clase, ya los obreros saben que todo lo que la Revolución hace, todo lo que el Gobierno hace o pueda hacer, tiene un solo y exclusivo propósito, y es ayudar a su clase, ayudar a su pueblo. De otra forma jamás podría explicarse ese sentimiento espontáneo de apoyo al Gobierno Revolucionario, esas simpatías desbordantes que cada hombre y cada mujer ha expresado en el día de hoy al pasar frente a esta tribuna.

Y es que dondequiera veíamos ya los frutos de la Revolución, porque los primeros que desfilaron en el día de hoy fueron precisamente los niños de la ciudad escolar Camilo Cienfuegos. Y hemos visto desfilar por aquí a los pioneros con la sonrisa de la esperanza, la confianza y el cariño; hemos visto desfilar a los Jóvenes Rebeldes; hemos visto desfilar a las mujeres de la Federación; hemos visto desfilar a un sinnúmero de escuelas creadas por la Revolución; hemos visto, así, desfilar estudiantes de inseminación artificial que, en número de 1 000, procedentes de las 600 cooperativas cañeras, están estudiando en la capital de la República; hemos visto desfilar jóvenes humildes del pueblo, con sus uniformes del centro escolar donde se están preparando para ser representantes diplomáticos en el futuro de nuestro país; hemos visto a los alumnos de las escuelas que albergan a jóvenes campesinos y campesinos de la Ciénaga de Zapata, el lugar que precisamente escogieron los mercenarios para atacar a nuestro país; hemos visto desfilar a miles y miles de campesinas que están estudiando también en la capital, procedentes de los rincones más apartados de nuestra isla, de las montañas de Oriente o de Las Villas, o de las cooperativas cañeras o las granjas del pueblo; hemos visto a las jóvenes que estudian para asistentes de los círculos infantiles.

Y aquí cada uno de esos núcleos colegiales ha sido capaz de escenificar actos que, si se considera el brevísimo tiempo con que contaron para prepararse, son doblemente dignos de admiración y de elogio. Vimos no solamente lo que viene del campo, hemos visto también lo que va hacia el campo, porque por aquí desfilaron los maestros voluntarios, y desfiló también una representación de los 100 000 jóvenes que ya están marchando hacia el interior de la República para cumplir el plan de erradicar totalmente el analfabetismo en nuestro país en un año tan solo.

¿De dónde vienen esas fuerzas y a dónde van esas fuerzas? Vienen del pueblo y van hacia el pueblo. Esos jóvenes sí son hijos del pueblo. Y cuando los veíamos hoy escribir con sus formaciones un «LPV», o la inscripción de: “¡Viva nuestra Revolución socialista!», pensábamos nosotros: ¡Qué difícil habría sido todo eso sin una revolución!, ¡qué difícil que cualquiera de esos niños de las montañas hubiese desfilado por aquí hoy!, ¡qué difícil que cualquiera de esos jóvenes de nuestros campos, que cualquiera de esos jovencitos o jovencitas de las familias más humildes, hubiese podido conocer siquiera la capital de la República, estudiar en cualquiera de esas escuelas, desfilar con la alegría y el orgullo con que por aquí desfilaron hoy, admirarnos a todos, admirar a nuestros visitantes, y marchar con esa fe en el futuro con que marchan hoy! Porque escuelas, profesiones universitarias, arte, cultura, honores, no fueron jamás para los hijos de familias humildes de la ciudad o del campo, no fueron jamás para el campesino de las montañas apartadas, no fueron jamás para el joven pobre, blanco o negro, de nuestros campos y de nuestras ciudades; arte, cultura, profesiones universitarias, oportunidades en la vida, honores, vestidos elegantes, fueron solo privilegio de una insignificante minoría; minoría representada hoy, con esa gracia y con ese humorismo con que hoy algunas de las federaciones obreras hizo representar a los ricos, desfilando frente a esta tribuna con sus vestidos elegantes y con toda la pepillería que caracterizaba a aquella juventud de las familias pudientes.

Es verdaderamente asombroso que en el día de hoy hayan desfilado más de 20 000 deportistas y gimnastas, si se tiene en cuenta que apenas estamos empezando. Y esto sin ir todavía a lo más maravilloso que hemos tenido oportunidad de contemplar hoy, y es ese pueblo armado y ese pueblo unido que ha hecho acto de presencia en este 1º de Mayo.

Y, ¿cómo habría sido posible sin una revolución?; y, ¿cómo es posible comparar este presente con todo lo de atrás?; y, ¿cómo es posible no emocionarse cuando se ve marchar las filas interminables de obreros primero, de atletas después, de milicianos luego?; y cómo a veces marchaban confundidos, obreros, atletas y milicianos, y pensar que, al fin y al cabo, obreros, atletas, milicianos y soldados son la misma cosa.

Se podría explicar cualquiera por qué nuestro pueblo tiene que salir victorioso de cualquier prueba. Observábamos la nutridísima presencia de las mujeres en las filas de las federaciones; y es que, sencillamente, los hombres estaban en las unidades de artillería, en los cañones, en los morteros, en las antiaéreas o en los batallones de milicias que desfilarían después; al fin y al cabo, esas mujeres eran las esposas, y las hermanas, y las madres o las novias de los milicianos que después marcharon en los batallones. Y posiblemente, o sin posiblemente, esos jóvenes de las escuelas secundarias básicas, y esos hijos, esos jóvenes pioneros que por ahí desfilaron abriendo el desfile, o que luego desfilaron con los atletas, eran sencillamente sus hijos.

Y así puede apreciarse el todo que es hoy el pueblo humilde que lucha por los humildes: obreros de todas las profesiones, trabajadores manuales y trabajadores intelectuales. Marchando juntos el escritor con el artista, el actor o el locutor; marchando juntos el médico con los enfermeros y los empleados de las clínicas; y marchando en número concurridísimo, bajo la bandera del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, los maestros, los pedagogos, los empleados del Ministerio de Educación. Y en sí, hoy hemos tenido oportunidad más que nunca de apreciar y de comprender todo lo que vale en nuestro país, todo lo que produce en nuestro país; hemos podido comprender mejor que nunca que hay dos clases de ciudadanos, o había dos clases de ciudadanos: los ciudadanos que trabajaban, los ciudadanos que producían y creaban, y los que vivían sin trabajar ni producir, los que vivían sencillamente de parásitos.

Y de esta nación, de esta nación joven y luchadora, de esta nación entusiasta y fervorosa, ¿quiénes no desfilaron por aquí hoy? ¿Quiénes no podían desfilar por aquí hoy? Sencillamente los parásitos. Por aquí desfiló hoy el pueblo trabajador, por aquí desfiló hoy todo el que trabaja y todo el que produce con su brazo o con su inteligencia, trabajador manual o trabajador intelectual, pero productor de bienes materiales o productor de servicios para la sociedad y para el pueblo. Y ese es el pueblo verdadero.

Y ese es el pueblo verdadero

No quiero decir que sea parásito quien no haya podido desfilar siendo obrero, o quien no haya podido desfilar porque tenía que atender a sus hijos, o porque se encontrase enfermo o porque, sencillamente, hoy no hubiese sentido deseos de desfilar. Me estoy refiriendo a aquellos que no estaban representados aquí hoy y que no podían estar representados donde desfilan los representantes de los que trabajan y de los que producen.

Quien vive de parásito, o quiera vivir de parásito, no pertenece realmente al pueblo. Solo tiene derecho a vivir sin trabajar el inválido, el enfermo, el anciano, el niño. Esos tienen derecho a que trabajemos para ellos, a que velemos por ellos, y que del fruto del trabajo de todos se puedan beneficiar.

Para el niño, para el anciano, para el enfermo, para el inválido, estamos en la obligación de trabajar todos. Lo que ninguna ley moral podrá justificar jamás es que el pueblo trabaje para los parásitos. Y lo que por aquí desfiló fue el pueblo trabajador que no quiere ni se resignará jamás a volver a trabajar para los parásitos.

Así nuestra colectividad nacional ha llegado a comprender qué es la Revolución, ha llegado a comprender con absoluta claridad en qué consiste la Revolución, en que un país se libra de los parásitos de afuera y de los parásitos también de adentro .

Nosotros recordamos que a raíz de la nacionalización de las mayores industrias del país, como anteriormente se habían nacionalizado las fábricas norteamericanas, algunos preguntaban: «¿Pero tal fábrica no era cubana?»; cuando vino la segunda ley: «¿Cómo nacionalizar una fábrica que era cubana?» Pues esa fábrica no era cubana, esa fábrica era de un señor, no pertenecía al pueblo, no pertenecía a la nación; luego está correcto decir nacionalizar la fábrica; es decir que pase de manos del señor tal o más cual al pueblo, es decir, a la nación.

Aquí se acostumbraba hablar mucho de patria por parte de una serie de señores que tenían un concepto muy raquítico de lo que es o debe ser la patria. Y siempre estaban hablando de la patria, y estableciendo la obligación y el deber de defender la patria. Pero, ¿qué patria? ¿La patria de unos pocos? ¿La patria de un puñado de privilegiados? ¿La patria donde un señor tiene 1 000 caballerías de tierra y tiene tres casas, mientras otros viven en la guardarraya en un miserable bohío?

¿A cuál patria, señor, se refería usted? ¿La patria donde unos pocos tienen todas las oportunidades y unos pocos se apropian del trabajo de todos los demás, o la patria del hombre que no tiene ni siquiera un trabajo, la patria de la familia que vive en un barrio de indigentes, la patria del niño hambriento y descalzo que pide limosnas por las calles? ¿A qué patria se referían y qué concepto era ese de la patria?

¿La patria que era propiedad de unos pocos con exclusión de toda la oportunidad y de todo beneficio para el resto del país, o la patria de hoy, donde nos hemos ganado el derecho a dirigir nuestro destino, donde nos hemos ganado el derecho a construir el futuro que necesariamente tendrá que ser mejor que el presente? Pero la patria donde no podrá decirse más que sea propiedad de unos cuantos, que sea para disfrute de unos cuantos; la patria que será de ahora en adelante y para siempre como la quería Martí, cuando dijo: «con todos y para el bien de todos». Y no la patria’ de unos cuantos y para el bien de unos cuantos. La patria como será en el futuro y para siempre, en que dejará de existir esa injusticia en que unos pocos lo tenían todo y casi todos no tenían nada.

Ahora sí nosotros podemos hablar de patria y ahora sí nosotros podemos tener un concepto verdadero de la patria, porque cuando decimos: defendemos la patria y estamos dispuestos a morir por la patria, ¡estamos dispuestos a morir por una patria que no es de unos cuantos, sino que es de todos los cubanos!

Por eso los privilegiados y las clases explotadoras no podían tener un verdadero concepto de la patria, porque para ellos la patria era un privilegio, un privilegio de ellos, donde se apoderaban del trabajo de los demás, y además querían que otros defendieran esa patria de ellos. Por eso, cuando un monopolista yanki habla de patria, cuando un dirigente o un miembro de los círculos gobernantes de Estados Unidos habla de patria, ¿saben a qué patria se refiere? A la patria de los monopolios, a la patria de los grandes capitales bancarios, a la patria de las grandes empresas que poseen solo unos cuantos.

Y cuando hablan de patria, están pensando en mandar al negro del sur de Estados Unidos, o en mandar al portorriqueño, o en mandar al joven de familia obrera de Estados Unidos, o en mandar al obrero, a combatir, a morir, a matar y hasta a asesinar, en defensa de esos monopolios y de esos millones que ellos llaman patria.

¡Qué moral, qué moral, qué moral y qué razón; qué moral, y qué razón y qué derecho, como no sea el derecho impuesto por una clase dominante y explotadora! ¿Qué derecho tienen a llamar a un negro del sur de Estados Unidos —al que le niegan todos los derechos, al que obligan a sentarse en un asiento aparte en el ómnibus público, al que le prohíben entrar en muchos sitios—, qué derecho tienen a enrolar a ese hombre negro, pobre, sin millones, sin monopolio, privado de todos los derechos, para ir a morir en defensa de los millones, de los monopolios y de los latifundios y de las minas y de las fábricas de las clases dominantes? ¿Y qué derecho tienen a enrolar a aquel portorriqueño —a cuyo país le han negado sistemáticamente la menor oportunidad de ser un país soberano e independiente—, qué derecho tienen, a ese puertorriqueño de sangre latina, de tradición y de origen latinos, de enviarlo a morir a los campos de batalla en defensa de la política de los grandes millonarios y de los grandes magnates de las finanzas y de la industria?

Ese concepto que tienen de la patria, y ese peligro a la seguridad al que suelen recurrir, o del que suelen hablar como pretexto, es sencillamente el peligro de sus monopolios, el peligro de sus intereses económicos. Y consideren ustedes qué concepto tienen de la patria, de la moral y de la ley, que movilizan a millones de hombres del pueblo que no tienen nada, muchas veces a hombres que no tienen ningún derecho, como ocurre con el portorriqueño u ocurre con el negro del sur de Estados Unidos, y los mandan a pelear y a morir en los campos de batalla.

Ese es el concepto de patria que tienen las clases dominantes, privilegiadas y explotadoras.

Y por eso, por eso solo adquiere un pueblo concepto verdaderamente de su patria, cuando los intereses de las minorías privilegiadas resultan liquidados, y cuando el país, con sus riquezas y sus oportunidades, pasa a ser un país para todos, patrimonio de todos, oportunidad de todos y felicidad de todos.

Esa oportunidad que tiene hoy, y no soñada nunca ayer, cualquiera de esos millares de jóvenes humildes; esa oportunidad que tiene hoy, y nunca soñada ayer, de cualquiera de los cientos de familias humildes, que saben que su hijo o su hija pueden tener una escuela, pueden recibir una beca, pueden estudiar una carrera, pueden viajar al extranjero; pueden ir a las mejores universidades del exterior, privilegio que era antes únicamente para las familias más ricas. Y hoy cualquier familia del pueblo, por humilde que sea, tiene la oportunidad de enviar a su hijo al mejor centro de educación dentro del país y fuera del país, si el talento de ese joven lo amerita; cualquier familia sabe que, gracias a lo que es la Revolución en sí, sus hijos tienen todas las oportunidades que antes solo tenían los hijos de un puñado de familias, y que las oportunidades se multiplican de manera fantástica, hasta alcanzar a todas las familias.

Porque un país que pone toda su inteligencia, y toda su energía, y todo su esfuerzo, hacia un propósito determinado, bien sea defender la patria, como bien sea crear riquezas nuevas para la patria, crear oportunidades nuevas para la patria, lo consigue como no lo podría conseguir jamás una minoría gobernante y explotadora, que no puede arrastrar tras sí al pueblo con todo su fervor y todo su entusiasmo.

¡La Revolución sí puede arrastrar al pueblo con su fervor infinito y con su infinito entusiasmo! ¡La Revolución sí puede recoger del pueblo toda la inteligencia, toda la energía, y todo su espíritu de lucha y de creación, y llevarlo hacia un camino de bienestar y de progreso!

Este pueblo de hoy es el mismo pueblo escéptico de ayer. ¡Este pueblo entusiasta de hoy, este pueblo que hoy se está 15 horas y 16 horas de pie, hombres y mujeres por igual, jóvenes o ancianos, es el mismo pueblo de ayer, que no era capaz de estarse una hora de pie para ir a juntarse en un acto público con aquellos a quienes se les obligaba a ir a un acto, o se les pagaba por ir a un acto! ¡Este pueblo entusiasta, heroico y valeroso de hoy, era el pueblo indiferente de ayer, con una sola diferencia: que ayer trabajaba para otros, ayer su sudor, su energía y su sangre eran para otros, y hoy su sudor, su energía y su sangre son para sí mismo!

Calculen los hombres que cayeron en los últimos combates; si habría valido la pena una sola gota de sangre de cubano para defender los privilegios del pasado; y si en cambio, cuando se piensa que esos cubanos cayeron, que esos jóvenes obreros, o hijos de obreros u obreros ellos mismos, cayeron hace apenas 10 ó 12 días, cayeron hace apenas dos semanas, estaban cayendo para defender lo que hemos visto hoy aquí, estaban cayendo para defender esos derechos que la Revolución ha reivindicado para el pueblo, estaban cayendo para defender ese entusiasmo, esa esperanza y esa alegría de hoy.

Y por eso, cuando veíamos un rostro feliz, cuando en el día de hoy veíamos un rostro alegre o una sonrisa llena de esperanza, pensábamos que cada sonrisa de hoy era como una flor sobre la tumba de los milicianos y de los soldados que cayeron, que cada sonrisa de hoy era como un reconocimiento, que cada sonrisa de hoy era como un darles las gracias a los que dieron su vida; porque sin esas vidas que tronchó el egoísmo, sin esas vidas que tronchó la traición, sin esas vidas que tronchó el imperialismo agresor, sin esos hombres que estuvieron dispuestos a caer, y cayeron, no habría habido hoy 1º de Mayo, no habrían desfilado hoy los pioneros, ni los Jóvenes Rebeldes, ni las mujeres, ni los obreros; no se habrían esgrimido hoy esas banderas de la patria, no habrían desfilado hoy esos deportistas.

¿Y qué habría sido de esos jóvenes artilleros, artilleros de antiaéreas o artilleros de cañones antitanques, o de cañones de largo alcance? ¿Y qué habría sido de esos batallones, gallardos y marciales, de nuestros obreros, que bien armados, bien entrenados y ya con alguna experiencia marcharon hoy por esta plaza? ¿Qué habría sido de los dirigentes obreros? ¿Qué habría sido de los obreros y de los milicianos? ¿Y qué habría sido de sus esposas, y de sus hijos, de sus hermanas, y de sus fábricas? ¿Qué habría sido de ellos, si el imperialismo hubiese tan siquiera establecido una cabeza de playa en nuestro territorio?

¿Qué habría sido de ellos, de sus hijos, y de sus esposas, y de sus hogares, si el agresor imperialista hubiese podido sentar plaza, apoderarse de un pedazo de nuestro territorio, y desde allí, con sus aviones yankis, con sus bombas yankis, con sus bombas de napalm, su explosivo y su metralla, hubiesen podido iniciar una guerra de desgaste contra nuestra nación; y encima de la agresión económica, del bloqueo a nuestras exportaciones, de la supresión de nuestras cuotas, del embargo a todo tipo de exportación de piezas de repuesto o de materia prima a nuestro país, en medio de todas las dificultades que la agresión económica imperialista nos plantea, hubiésemos tenido que afrontar al mismo tiempo un bombardeo casi diario de nuestras líneas de comunicaciones, de nuestro transporte, de nuestros centros de producción y de nuestras ciudades?

No hablemos ya de lo que habría sido de la alegría del pueblo, y de la esperanza del pueblo, si el imperialismo hubiese podido vencer a la Revolución, porque no hay espectáculo más terrible en la historia de la humanidad que el espectáculo de una revolución vencida.

Y la historia de los esclavos que en Roma un día ensayaron una sublevación y aspiraron a ser libres, la idea de las decenas y quizás cientos de miles de esclavos ardiendo en las cruces por las avenidas que conducían a Roma, debe darnos una idea de lo que es una revolución vencida. Y la historia de la Comuna de París, con su saldo espantoso de obreros asesinados, debe darnos una idea de lo que es una revolución vencida. Y la historia enseña que las revoluciones vencidas tienen que pagar un saldo extraordinario de sangre a la reacción vencedora, a la clase dominante vencedora, porque entonces les cobran todo el desasosiego en que han tenido que vivir, todos los intereses que les afectaron o amenazaron con afectarles, y no solo les cobran la deuda presente, sino que quieren cobrar también en sangre las deudas futuras, y tratan de exterminar hasta las raíces de la revolución.

Desde luego que, dadas ciertas circunstancias, es imposible aplastar a una revolución. Hablo de revoluciones que fueron vencidas antes de conquistar el poder; lo que no ha resultado jamás en la historia es que haya sido vencido un pueblo revolucionario que haya conquistado realmente el poder.

Quiero solo traer a la mente de todos cuál habría sido el cuadro de este país si el imperialismo se hubiese salido con las suyas. ¡Qué Primero de Mayo habrían tenido nuestros obreros, si el imperialismo se hubiese salido con la suya!

Y por eso, por eso pensábamos nosotros en todo lo que les debíamos a los que cayeron; por eso pensábamos nosotros que cada sonrisa de hoy era como un tributo por los que hicieron posible este día dichoso y esperanzador de hoy.

La sangre que se vertió allí fue sangre de obreros y de campesinos, la sangre que se vertió allí fue sangre de hijos humildes del pueblo; no fue sangre de latifundistas, no fue sangre de millonarios, no fue sangre de tahúres, no fue sangre de ladrones, no fue sangre de criminales, no fue sangre de explotadores. La sangre que se vertió allí fue sangre de explotados de ayer, de hombres libres de hoy; la sangre que se vertió allí fue sangre humilde, sangre honrada, sangre trabajadora, sangre creadora; fue sangre de patriotas, no fue sangre de mercenarios; fue sangre de obreros que voluntaria y espontáneamente se han enrolado en el ejército de la patria; no fue sangre del conscripto, no fue sangre del que se enrola en virtud de una ley; fue sangre del que se ofrece espontánea y generosamente para afrontar todos los riesgos de la batalla en defensa de un ideal, de un verdadero ideal, de un ideal que se siente, y no el ideal fementido, hipócrita y falso con que los yankis han inculcado a sus mercenarios, como si fuesen papagayos, la palabra ideal.

No ideal de papagayos, no ideal de la lengua hacia afuera, sino del corazón hacia adentro; no ideal del que viene a buscar sus privilegios perdidos, sus tierras perdidas, sus bancos perdidos, sus fábricas perdidas, sus riquezas perdidas; no ideal del que viene a recobrar la buena vida en que nunca sudó la frente y vivió siempre del sudor y hasta de la sangre de los demás.

No ideal del mercenario que vende su alma al oro del imperio poderoso, sino el ideal del obrero que no quiere seguir siendo explotado, el ideal del campesino que no quiere volver a perder su tierra, el ideal del joven que no quiere volver a perder su maestro, el ideal del negro que no quiere volver a ser discriminado, el ideal de la mujer que quiere vivir con derechos y con dignidad, el ideal de los humildes, el ideal de los que nunca vivieron del sudor de los demás, el ideal de los que nunca pudieron contemplar la vida como un regalo, sino como un trabajo; el ideal de los que no les robaban a otros, ni les privaban de la vida a otros por defender bastardos intereses; el ideal que puede sentir un hombre humilde del pueblo, que defiende la Revolución porque la Revolución es todo para él, porque él no era nada, él era un hombre humilde y humillado, él era un hombre discriminado, él era un hombre maltratado, él era un hombre a quien la clase dominante y explotadora lo tenía como un cero a la izquierda, y hoy es un cero a la derecha de los millones de hijos de su pueblo; y que defiende a la Revolución porque la Revolución es su vida, porque su vida la ha identificado con ella y su futuro y su esperanza, y antes de sacrificar esa esperanza, prefiere perder mil veces la vida, porque además no piensa egoísta en él, sino que piensa que él puede caer, pero que no caerá en vano, y que la causa por la que él cae ha de servir para hacer felices a millones de sus hermanos.

Sangre obrera, sangre campesina, sangre humilde fue la que derramó la patria luchando contra los mercenarios del imperialismo. ¿Y qué sangre, qué hombres fueron los que mandó el imperialismo aquí a hacer la cabeza de playa desde donde iban a someter a nuestro país a una guerra de desgaste, a nuestros campos de caña a una destrucción sistemática, con bombas incendiarias, como lo habían estado haciendo cuando ni siquiera tenían la excusa o el pretexto de un pedazo del territorio nacional para hacer zarpar a sus aviones; una guerra de destrucción de nuestras fábricas y de nuestros pueblos, como lo hicieron cuando ni siquiera tenían una base aquí, como lo hicieron despegando sus aviones desde el extranjero mientras estafaban al mundo de la manera más cínica.

Y nosotros tenemos derecho a decir aquí al pueblo, sobre todo a nuestros visitantes, que en el mismo instante en que tres de nuestros aeropuertos eran bombardeados simultáneamente por aviones de fabricación yanki, con bombas y metralla yanki, las agencias yankis lanzaban al mundo la versión de que nuestros aeropuertos habían sido atacados por aviones de nuestra propia Fuerza Aérea, con pilotos que habían desertado ese mismo día.

La Revolución es un cambio profundo

Y como la Revolución es un cambio profundo, no una tomadura de pelo, no un engañabobos; la Revolución es un cambio profundo y no una perdedera de tiempo, ¿qué es lo que querían estos señores, politiquería, pasquines electorales, los postes llenos de todos aquellos descarados con un sombrero de jipijapa y un tabaco de a peso? Elecciones como aquellas, no; elecciones como aquellas no las tendrán.

¿Por qué?, porque la Revolución ha cambiado sencillamente el concepto de la democracia falsa, de la seudodemocracia como medio de explotación de las clases dominantes, por un sistema de gobierno directo del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como lo demuestran los hechos.

Y, además, porque tiene que sencillamente transcurrir un período, en virtud del cual los privilegios opresores del pueblo tienen que ser abolidos, tienen que ser destruidos. ¿Tiene acaso el pueblo tiempo para estar entreteniéndose en elecciones ahora, elecciones de aquel tipo? No. ¿Qué eran los partidos políticos? Los partidos políticos eran sencillamente la expresión de los intereses de clase. Pues aquí hay una clase que interesa, ¿saben cuál? La clase humilde, la clase de los que producen, la clase de los que trabajan, los trabajadores intelectuales y manuales. Esa clase está en el poder, y como esa clase está en el poder no le interesa las aspiraciones de conquistar otra vez el poder de la minoría explotadora, de la minoría de privilegiados.

La Revolución sabe que esa gente no le alcanzaría ni para media hora en unas elecciones en que fuera el pueblo, sencillamente, porque no tienen ni por dónde empezar para combatir la Revolución. Pero lo que la Revolución no tiene tiempo es en perder el tiempo en estas tonterías, porque la Revolución no considera ni remotamente la menor oportunidad para la clase opresora de recobrar el poder; la clase opresora y explotadora no podrá jamás recobrar el poder en nuestro país.

La Revolución sabe, y el pueblo sabe, el pueblo sabe que la Revolución es expresión de su voluntad. La Revolución no llegó al poder con bazucas yankis, ni con tanques yankis, ni con cañones sin retroceso yankis; la Revolución llega al poder con el apoyo del pueblo, en virtud de los sacrificios que el pueblo hizo, de las luchas que el pueblo hizo, de los heroísmos del pueblo; luchando precisamente contra aviones y armas, tanques y cañones yankis. Así llega la Revolución al poder, con todo el respaldo del pueblo. Ha estado en el poder, ha gobernado con el pueblo y se mantiene en el poder con el pueblo.

Y al pueblo, ¿qué le interesa al pueblo ahora? Al pueblo lo que le interesa es que la Revolución siga adelante sin perder un minuto, siga adelante sin dar un solo paso atrás ni para coger impulso, como dicen los letreros del pueblo.

¿Puede algún gobierno de América, puede preciarse de más democrático que el Gobierno Revolucionario cubano?, ¿de mayor apoyo del pueblo que el Gobierno Revolucionario cubano?, ¿y puede concebirse una forma de democracia más directa que esta? ¿Y por qué la democracia tiene que ser la democracia pedante y falsa de la politiquería y de la compra de votos, y no ser en cambio democracia esta expresión directa de la voluntad del pueblo expresada una y mil veces, todos los días y constantemente derramando su vida; no yendo a un colegio electoral a rayar allí un nombre de un politiquero, sino yendo a morir como fueron a morir los hombres del pueblo, los hombres humildes del pueblo, combatiendo contra los tanques y contra las armas yankis?

Porque la Revolución, la Revolución le ha dado al pueblo, le ha dado al pueblo algo más que un voto a cada ciudadano, le ha dado algo más: le ha dado un fusil a cada ciudadano, un cañón, una antiaérea, una bazuca, un arma poderosa a cada hombre humilde del pueblo que ha querido presentarse en las milicias.

Y entonces sale un tonto de estos y pregunta: bueno, si ustedes tienen… Como la pregunta que hacen: sabemos que tienen mayoría, ¿por qué no hacer elecciones? Pues señor, por no hacerle gracia a usted, porque no nos interesa estarnos entreteniendo en esas cosas; por no complacerlo a usted, porque al pueblo no le interesa estar complaciendo idiotas, al pueblo no le interesa estar complaciendo tontos, al pueblo no le interesa estar complaciendo señoritos seso hueco. Al pueblo lo que le interesa es sencillamente llevar adelante su obra. El pueblo no puede perder el tiempo, porque hay mucho que trabajar, mucho que hacer, y aquí ningún hombre ni del gobierno ni del pueblo descansa y tiene una tarea muy dura por delante llevando una revolución frente al imperialismo, frente al bloqueo económico del imperialismo, las agresiones económicas y hasta las agresiones militares.

Hay que pensar la energía que el pueblo tiene que invertir cavando trincheras, entrenando hombres, custodiando los puntos estratégicos; obreros de la construcción dedicados a hacer túneles, a hacer trincheras, a hacer fortificaciones, cuando todo el mundo sabe que nuestro deseo más caro, nuestro anhelo más ferviente es que todos los cubanos estuvieran haciendo escuelas, haciendo fábricas, haciendo casas, invirtiendo su energía y sus recursos en bien del pueblo, porque nosotros no somos un país guerrerista. ¡Allá los yankis que gasten más de la mitad de su presupuesto en inútiles armamentos que solo sirven para destruir y para matar y para amenazar al mundo!

Nosotros no somos un país guerrerista, ni guerrerófilos; nosotros somos un país que sencillamente nos vemos obligados a invertir esa energía humana y esos recursos por culpa de los imperialistas. Nosotros no tenemos afanes expansionistas, ni de dominio, ni cosas por el estilo; no queremos vivir del trabajo de ningún pueblo, no le queremos quitar la riqueza a ningún otro país, no queremos explotar a ningún trabajador de ningún otro país. Por eso a nosotros no nos interesa la guerra, no nos interesa el armamento, no nos interesan los planes agresivos; a nosotros sencillamente se nos ha impuesto esta necesidad de tener tanques y esta necesidad de tener cañones, esta necesidad de tener ametralladoras y esta necesidad de tener una fuerza militar para defendernos.

Y los hechos recientes de la agresión imperialista prueban cuánta razón tenía el pueblo de Cuba en armarse y en preparar a sus obreros y a sus campesinos. Porque allí en Girón vinieron a matar obreros y vinieron a matar campesinos, y nuestros obreros y nuestros campesinos se han visto impuestos por el imperialismo de la necesidad de armarse para defender sus conquistas, para defender su tierra, para defender su derecho, su esperanza, su alegría, su bienestar y, sobre todo, para defender su derecho a tener un futuro mejor.

Nos lo ha impuesto el imperialismo, y hemos tenido que invertir energía humana, y recursos y materiales en esa tarea, que bien quisiéramos nosotros poder invertirlos en hacer más escuelas, para que un día aquí en vez de tanques y en vez de cañones desfilen no 20 000 atletas, sino que desfilen 300 000 atletas; y en vez de 600 niños de ciudades escolares, desfilen 150 000 niños de ciudades escolares; y en vez de batallones de milicianos y milicianas, desfilen atletas, estudiantes; y en vez de dedicarse a tener que estar invirtiendo su energía en entrenarse militarmente, invirtieran su energía en cosas que nosotros preferimos, antes de tener que invertirla en cuestiones militares y en cuestiones de guerra, porque eso es algo que nos ha impuesto el enemigo, ya que no podemos sencillamente permanecer inermes ni podemos permanecer con los brazos cruzados frente a la agresión.

¿Que es firme la posición de la Revolución? ¡Firmísima! Y sin vacilaciones de ninguna índole. ¿Que nosotros vamos a seguir llevando nuestra Revolución adelante? ¡La vamos a seguir llevando, sin pestañear, adelante, y sin vacilaciones, y sin dar un solo paso atrás, ni para coger impulso, como dice el pueblo.

Ahora bien, ahora bien, nosotros no estamos en plan de matones internacionales. Ese papel de matones internacionales se lo dejamos a ellos. Si ellos quieren seguir desprestigiándose en el mundo, que se desprestigien; si ellos quieren seguir diciendo que a ellos no les importa un bledo la soberanía de los pueblos, que lo digan; si quieren seguir diciendo que se arrogan el derecho de intervenir, pues le estarán infiriendo una herida muy profunda y muy seria a la dignidad de todos los pueblos de América Latina.

Luego nosotros sobre eso, con mucha calma y con mucha ecuanimidad, nosotros sí estamos en plan de discutir; pero en la misma forma en que estamos en plan de discutir, estamos en plan de defendernos. De la misma manera en que estamos dispuestos a sentarnos a discutir cuando quieran, estamos dispuestos a empezar a disparar un millón de tiros desde el momento en que el primer paracaidista yanki caiga aquí sobre nuestro suelo. De la misma manera que estamos dispuestos a discutir por vía diplomática, estamos dispuestos a combatir frente a la agresión. Y, desde luego, que desde el mismo minuto en que pusieran pie en nuestra tierra, tienen que llevar la convicción que desde ese momento han emprendido la guerra más difícil que les haya tocado emprender nunca, y que van a encontrar la resistencia que jamás soñaron encontrar en ninguna parte del mundo.

De eso nosotros no tenemos la menor duda; de eso nuestro pueblo no tiene la menor duda. Además, tenemos la seguridad de que esa guerra sería el principio del fin del imperialismo. Así que, nosotros, con la misma serenidad con que estamos dispuestos a discutir, con esa misma serenidad y con esa misma seguridad nosotros vamos a defender hasta la última pulgada de nuestra tierra, y hasta la última gota de sangre; en una guerra para la cual tenemos armas, armas para defendernos, balas para defendernos, en la ciudad, en el campo, en todas partes, y sobre todo tenemos un pueblo. Porque contra los invasores imperialistas aquí van a luchar hasta los pioneros que ustedes vieron desfilar aquí, hasta los niños de la ciudad escolar, las campesinas esas, no ya los obreros, y las mujeres y el pueblo todo. ¡Contra los imperialistas van a luchar aquí hasta los niños!

Desde el momento en que los imperialistas invadieran nuestra tierra, aquí no habría más que un solo deber para cada hombre —joven o viejo—, para cada mujer —joven o vieja—, para cada niño, no habría más que un deber: matar invasores, ¡matar invasores! Y entonces, una cosa que queremos decir es que, caso de que nuestro país sea agredido por extranjeros, no debe haber un solo prisionero, no debe haber un solo prisionero; extranjero que invada nuestro país, extranjero que invada nuestro país en plan de guerra, extranjero que invada nuestro país en son de guerra, sepa que tiene con nosotros una lucha a muerte; que nos maten, que mientras quede uno solo de nosotros, tendrá un enemigo que lo sabrá combatir nada más que en una guerra a muerte. Guerra a muerte es, sencillamente, guerra a muerte; no hay términos medios.

Si nosotros contra cualquier invasor extranjero… Esto equivale a un principio de la guerra que libraríamos contra el invasor: sería una guerra sin prisioneros, por cuanto entendemos que el invasor que viniera aquí vendría a echar una guerra a vida o muerte contra nosotros, y nosotros ninguno queremos la vida si los invasores imperialistas ponen el pie en nuestra tierra, entonces, frente a eso, la guerra que tendrían que librar con nosotros sería una guerra sin prisioneros, es decir, una guerra a muerte, una guerra en que tienen que venir a destruirnos a nosotros hasta el último hombre, porque nosotros vamos a luchar para destruir hasta el último hombre de ellos que ponga el pie en nuestras costas.

Todo hombre y mujer debe saber que ese es su deber. Y ese deber lo sabremos cumplir todos de manera sencilla, y de manera natural, como luchan los pueblos cuando tienen una razón muy grande para luchar, como luchan los pueblos cuando tienen que defender las cosas que nosotros tenemos que defender. Y es verdaderamente un crimen que por sus razones egoístas y miserables no dejen a nuestro pueblo en paz, no dejen a nuestro pueblo continuar adelante su obra de justicia, esa obra que está llevando la felicidad a millones de seres que antes vivían sin esperanza, que antes vivían sumidos en la humillación y la tristeza.

Es verdaderamente criminal que los egoístas y bastardos intereses de los monopolios imperialistas yankis se empeñen en perturbar la paz de este país, se empeñen en perturbar la felicidad de este país, se empeñen en crearle obstáculos a nuestro pueblo, y se hayan deshonrado de una manera tan vergonzosa, agrediendo primeramente en forma económica a nuestro país, quitándole las cuotas, suprimiendo los mercados, embargándole las importaciones, bloqueando las ventas de nuestros productos y tratando de llevarnos a una situación de miseria y de hambre.

Mientras trataban por todos los medios de privarnos de nuestros ingresos en divisas, para que nosotros no tuviéramos ni con qué comprar manteca, se gastaban decenas de millones de pesos armando mercenarios, dándoles aviones, dándoles barcos, para que vinieran aquí a asesinar a nuestros obreros y a nuestros campesinos. Mientras por un lado perpetraban todo género de agresiones contra nuestros pueblos, mientras por un lado trataban de privarnos hasta del último centavo, se gastaban a manos llenas las fortunas, los millones con los criminales, para hacer derramar la sangre de nuestro pueblo.

¿Y en esa empresa vergonzosa quiénes los han acompañado? Ya vieron, como les dije hace un rato, la composición social de estos señores, los ricos que vinieron ahí, las tierras que tenían; los criminales de guerra que venían ahí, cómo no faltaba el cura en la consabida aventura criminal de agresión a nuestro país.

Es decir que nosotros entendemos que sí, que pueden convivir perfectamente, y que la Revolución no se opone en absoluto a la religión, que son ellos los que han estado utilizando el pretexto de la religión para combatir la justicia, para combatir a los obreros y campesinos, para combatir a los humildes, y olvidándose de aquello que decía Cristo de que «más fácilmente entraba un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos», vinieron aquí con los latifundistas, con los dueños de centrales azucareros y con los banqueros, a asesinar hombres humildes del pueblo, a asesinar obreros, a asesinar campesinos, a asesinar negros, a asesinar cubanos humildes.

Estos son los hechos, y hemos hablado como siempre con toda claridad; y esto no significa sino que estamos dispuestos a defender la Revolución, a seguir adelante, convencidos de la razón de nuestra causa, de la justicia que nos asiste.

La revolución socialista no quiere decir que elimina sin contemplación alguna los intereses de determinados sectores sociales; la Revolución eliminó sin contemplación alguna los intereses de los grandes terratenientes, de los grandes latifundistas, de los bancos, de los grandes industriales; y el Gobierno Revolucionario en ocasión de aquella nacionalización de las grandes empresas nacionales, y de los bancos, y de la Reforma Urbana, estableció, declaró, que ningún otro interés social de sectores medios de la población sería afectado sin discutir, sin tener en cuenta sus intereses. Y la Revolución ha cumplido esa palabra, la Revolución ha cumplido la Ley de Reforma Urbana en todo lo que se refería al pequeño propietario; la Revolución cumplirá su palabra y su declaración en el sentido de que ningún interés medio será afectado sin tener en cuenta esos intereses.

El pequeño comerciante era explotado por el gran almacenista; hoy el pequeño comerciante tiene crédito, también lo tiene el pequeño industrial.

La Revolución no tiene ningún interés en nacionalizar o socializar esas pequeñas industrias, esos pequeños comercios —o industria y comercio medio—, porque la Revolución tiene sobrada tarea con todos los centros de producción y las fuentes de riqueza con que hoy cuenta para llevar adelante su programa.

¿Por qué privarse de este privilegio que es para nuestro pueblo participar de un proceso como el que estamos viviendo? ¿Por qué privarse de esta alegría? Cuando nosotros veíamos el entusiasmo del pueblo, la unión del pueblo, la gigantesca masa que desfilaba frente a esta tribuna, nosotros pensábamos: ¿Por qué habrá cubanos todavía a quienes les duele esta dicha?, ¿por qué habrá cubanos a los que les duela esta felicidad?, ¿por qué serán tan incapaces de comprender que esta alegría y esta felicidad puede ser también de ellos?, que no es más que cuestión de adaptación. Que recapaciten ante la fuerza invencible de la Revolución, la fuerza arrolladora de una Revolución que nada ni nadie la podrá destruir y pensando en eso adaptarse en ella; y que el día de mañana vean también a sus hijos desfilar ahí con los hijos de los obreros, y hacer gimnasia, y asistir a concursos y ganar premios. Que vean también a sus hijos en las mismas escuelas, y que los vean disfrutando de la misma alegría.

Comprendemos que haya cerebros incapaces de adaptarse a formas nuevas de vida, pero que piensen en sus descendientes, que piensen en sus hijos jóvenes, y que piensen que van a hacer infelices a esos hijos si no los enseñan a vivir en una sociedad nueva, y sobre todo cuando se piensa que esa será una sociedad justa, sin explotación, sin humillación del hombre por el hombre, sin abusos, sin injusticia, que será una sociedad muy distinta, una sociedad mejor, una sociedad llena de vida; no aquella sociedad muerta, muerta por la explotación, muerta por el egoísmo, sino esa sociedad llena de vida generosa que hemos podido presenciar en el día de hoy, esa sociedad llena de alegría, esa sociedad y ese mundo llenos de esperanzas, ese mundo lleno de promesas para las generaciones venideras.

Es esta la hora en que nosotros lejos de utilizar la victoria que costó tanta sangre de pueblo como momento para humillar a los que no hayan sido capaces de entender la Revolución, les hablamos con toda honradez y con toda generosidad, y les preguntamos si no es hora que comprendan; a esa minoría que todavía es incapaz de sumarse a la Revolución, preguntarle si no es hora de que recapacite y que se sume.

En estos días de agresión la Revolución se vio en la necesidad de adoptar medidas contra posibles enemigos, se vio en la necesidad de impedir la acción por parte de la quinta columna; y en esas medidas posiblemente muchas personas, por razones distintas, hayan sido objeto de retención. A esas mismas personas se enviaron a los compañeros ministros a hablar con ellas; hay cientos de personas en este momento que van a conversar con ellos, con todos los que fueron detenidos.

La Revolución no desea hacer uso de sus fuerzas. La Revolución repudia tener que hacer uso de su fuerza, aun contra una minoría. La Revolución prefiere hacer uso de su razón, la Revolución prefiere hacer uso de su persuasión. Y lo que nosotros queremos es que mientras haya un cubano equivocado, pero capaz de rectificar, capaz de comprender, hacer que ese cubano comprenda, hacer que ese cubano rectifique. No somos tan egoístas que queramos para nosotros solos toda esta felicidad, toda esta emoción y toda esta gloria, que no es gloria de nosotros los ministros o los funcionarios del Gobierno Revolucionario, sino que es, sobre todo, gloria del pueblo.

Miedo no tiene la Revolución. La Revolución es demasiado fuerte para tener miedo, la Revolución tiene demasiado respaldo para tener miedo. Estas palabras dichas en momentos difíciles, dichas cuando la ofensiva contrarrevolucionaria era lanzada, por el imperialismo con todas sus fuerzas, no habrían tenido el valor que tienen hoy, después de la aplastante victoria militar obtenida por el pueblo contra los invasores; después de la destrucción y captura total de su ejército, destrucción de su fuerza aérea, destrucción de su fuerza naval; después de este acto de hoy, de este desfile de 14 horas, ¡el más grande de la historia!; después del entusiasmo de que son testigos todos los visitantes, entusiasmo que no se puede fabricar con propaganda, entusiasmo que no surge sino cuando es profundo, profundamente nacido del corazón del pueblo, de una manera espontánea, de un pueblo inteligente y generoso que responde a la realidad de la justicia que ha visto nacer en su tierra. Después de hoy estas palabras son, sinceramente, palabras que decimos a aquellos que, por haber nacido en el pasado, por haber sido educados en muchas de las mentiras del pasado, hayan sido incapaces de comprender hasta hoy.

Pero también hemos sabido de muchos casos de hombres y mujeres del pueblo que eran vacilantes hace algunos meses, que incluso tenían dólares guardados, y anónimamente los han enviado después de esta invasión, sobre todo después que vieron declarar a los mercenarios, después que vieron su falta de razón, su falta de moral, su falta de lógica, su falta de sentido para venir a ensangrentar esta tierra y, sobre todo, después que vieron —por propia confesión de los imperialistas yankis—, que esa expedición fue organizada por el Servicio Central de Inteligencia, ordenada por Kennedy, discutida con los jefes de los órganos represivos del Estado Mayor, con el jefe de la escuadra americana. Es decir que fue una expedición netamente extranjera contra nuestro país, haciendo incurrir a los miembros de esa expedición en un delito de alta traición a la patria.

Nosotros con toda franqueza expresamos que, en nuestra opinión, no debíamos empequeñecer nuestra victoria con sanciones que pudieran parecer demasiado severas. Los pueblos victoriosos son pueblos generosos. Y por eso nosotros planteamos que nuestro pueblo debía tener en cuenta esto, que nuestro pueblo no debía empañar ni empequeñecer su victoria con una sanción severa, masiva, contra todos; que esto podría servir, además, de armas a los enemigos de la Revolución porque, además, nunca perderá nuestra Revolución en la hora de la victoria sabiendo sobreponerse a toda la indignación justa, a toda la irritación perfectamente lógica que nos ha ocasionado a todos la sinrazón y el crimen cometido contra nuestro pueblo.

Lo expresamos como entendemos que debemos expresar todo lo que creamos sinceramente que convenga a la Revolución y que convenga al pueblo.

Sobre los invasores hemos obtenido una victoria militar aplastante, y también una victoria moral más aplastante todavía ante los ojos del pueblo y ante los ojos del mundo.

Por eso no tenemos, repito, que empequeñecer nuestra victoria, y verán como así ganamos más; porque la justicia no tiene por qué ser exactamente igual en este caso con toda una masa, cuando unos tienen más culpa, y otros tienen menos culpa; cuando algunos son conocidos criminales y torturadores, y otros no habían tenido todavía la oportunidad de torturar y de asesinar.

A nosotros nos duelen tanto como a los que más, las vidas perdidas, los compañeros caídos. Pero a todo eso tenemos que sobreponernos cuando debemos hablar en bien de nuestro prestigio y de nuestra causa. ¿Qué tenemos por delante? Tenemos por delante los riesgos de la agresión imperialista, tenemos por delante grandes tareas; hemos llegado al punto en que debemos plantearnos con toda responsabilidad que ha llegado la hora de hacer el mayor esfuerzo, ha llegado la hora de hacer el máximo.

Los meses venideros son meses de gran trascendencia, en que nosotros todos tenemos que esforzarnos, tanto en el campo de la preparación militar, como en el campo de la producción, como en el campo de la organización, como en el campo del trabajo revolucionario y político. En todos los órdenes ninguno de nosotros tiene derecho a descansar; en todos los órdenes tenemos la ob1igaciqn de hacer el máximo, aprendiendo la lección de este día de hoy. Con lo que hemos visto hoy, aprendamos que con sacrificio y con esfuerzo se puede cosechar magníficos frutos, y que estos frutos de hoy son poca cosa con los frutos que podemos cosechar en los meses venideros y en los años venideros si hacemos el máximo esfuerzo.

Antes de terminar: cuando hablábamos del tema, sobre todo este problema de la libre empresa y toda esa serie de problemas, nuestra opinión sobre esto, queríamos recordar lo que habíamos dicho a este respecto cuando el juicio del Moncada. Y aquí hay un párrafo de aquella ocasión, que dice:

La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba postula:

«El deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los intelectuales, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, a luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales; el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que estos se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!»

Este es el programa y la esencia del pensamiento de nuestra Revolución socialista, que hoy repito en este día de triunfo, y de éxito y de esperanza para la clase obrera de nuestro país.

¡Viva la clase obrera cubana!

¡Vivan los pueblos hermanos de América Latina!

¡Viva la liberación de América Latina!

¡Viva la redención del hombre!

¡Viva América!

¡Viva la patria!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

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