Convergencias del destino que suenan a ritmo de son

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Mucho le gusta jugar al destino, o a Dios (depende a quién se le pregunte), a juntar personas en fechas singulares.

El 8 de mayo nació para el son, eso es seguro. Demasiadas coincidencias se unieron ese día como para pasarlo por alto.

Dos grandes, inmensos de la música nacieron en esta fecha, Miguel Matamoros y Miguelito Cuní, y vaya con las casualidades, hasta el nombre se lo comparten.

Matamoros nació primero, en 1894. Cantante, guitarrista y compositor, de formación autodidacta, tenía un talento natural, que le permitió incursionar en casi todos los géneros de la música popular cubana.

A lo largo de su vida artística gozó de una gran fama, como pocos en su época. Muchos de sus temas se consideran verdaderos clásicos que han sido versionados por numerosas estrellas de la música cubana e internacional.

Son de la Loma, Lágrimas negras, La mujer de Antonio, El paralítico, Camarones, ¿Dónde están los mamoncillos? Son algunos de los títulos que sobresalen de su vasta obra. Cada uno contaba una historia, real o no, basada quizás en alguna frase dicha por alguien, en experiencias personales y de otros, Miguel Matamoros fue sin dudas, un cronista de su tiempo.

Entonces, en un mayo diferente, el de 1917 para ser precisos, llegó a esta tierra otro sonero de altura: Miguelito Cuní.

Desde muy joven estuvo familiarizado con la vida musical de su provincia y durante las décadas de 1920 y 1930 cantó en sextetos y otros grupos típicos de la música cubana, sobre todo, las orquestas de Niño Rivera, Jacobo González Rubalcaba y Fernando Sánchez.

Compuso temas como Congo africano, ¡Ay mamita!, Lloró Changó, Toque santo, Las ansias mías y A ti, Benny Moré, entre otros.

Era un moreno, de estatura mediana y sonrisa simpática, con don de gentes y espíritu capaz de comerse al mundo, así lo describían quienes tuvieron la dicha de conocerle.

Su talento impresionaba a todos cuanto disfrutaron de él. Tanto así que la cancionera Moraima Secada, en una ocasión expresó:

«Aunque sonero natural, lo mismo cantaba un bolero de esos que estremecen a una, que un son o un guaguancó. Muy completo como intérprete, y muy afinado, con una cuadratura y un sentido del ritmo bárbaros. Y si a eso se le une la simpatía de su personalidad, es fácil comprender por qué gustaba tanto…»

El son consagró su existencia en el mundo, en figuras tan excelsas como estos dos hombres que compartieron mucho más que su fecha de nacimiento, legaron para la posteridad, la inmortalidad de un género que es ya, para todos los tiempos, una de las expresiones musicales más representativas de nuestra identidad.

 

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Marlian Berenice Pérez Rodríguez
Marlian Berenice Pérez Rodríguez

Licenciada en Periodismo, graduada en la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte y Loynaz. Periodista, cantante e hija súper orgullosa de esta tierra, mi Puerto Padre del alma, la raíz de la que no puedo desligarme.

http://www.radiolibertad.cu/

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